jueves, julio 08, 2010

Retraso de la alegría

A un buen amigo.


Todo cambio, no sólo yo. El colegio, las calles, las plazas, el vino, Santiago. Todo cambio de un momento a otro, y nunca nos dimos cuenta. Ya no queda ningún vestigio para decir “acá estuvimos y fuimos felices”.


Una sensación de nostalgia por la perdida nubló mi cabeza. Recorrí Santiago en busca de lo que fuimos, de lo que éramos y sólo encontré el destierro de la historia.


Si, todo cambio. Las tardes de Santiago se transformaron en el cementerio de nuestra infancia, de nuestra adolescencia y me clavó un certero golpe de pena que sólo pude responder con dos lágrimas por lo perdido. Nos negaron como si nosotros jamás hubiésemos existido. Nuestra felicidad corrompida ya no volverá.


Fujy, todo cambio. Por cierto, nunca tuve una foto tuya ¿Por qué? Da igual, yo aún te recuerdo y te extraño.


¿A dónde iremos a parar?

miércoles, diciembre 30, 2009

Retomando el Pulso.

Es algo así: tomar una hoja en blanco y comenzar a escribir un breve cuento con tinta roja o verde, y luego plasmar un punto final que –de hecho- no cierra la historia, sino abre el espacio para la incógnita, la duda, ese “quiero más”. Abre el espacio para la segunda parte, para la trilogía. Lo raro de esto es, precisamente, la falta de sentido que adquiere el punto final, como si dentro del propio cuento las ideas, en su totalidad, cupieran en un espacio reducido de la fantasía o –quizás- de la propia realidad.

Ese debate, ya olvidado por las nuevas generaciones, no es un problema, sino un espacio para la nostalgia, en donde Benedetti compartía un trago con un joven poeta que quiere correcciones de su borrador. Preferiblemente podemos decir, para no destruir la sorpresa de éste texto, que dentro de las muchas –y múltiples- formas de plasmar una idea en el papel es posible inferir que ninguna ha resuelto en si misma una confusa relación: lo real versus real lo. Extraña combinación de palabras, que cuando las das vueltas ambas terminando significando nada.

Si me preguntas te podría decir que necesito tres cosas: primero, saber dónde está el baño en éste café; segundo, terminar mi expreso y por último un teléfono para llamar a Pabla, y decirle que no estoy con ella ahora porque pierdo el tiempo en comprender el origen del fin, que no es lo mismo que el fin del origen, pero se escriben con las mismas palabras.

En fin, tú podrás saber más de estas cosas que yo. Yo, soy un simple aficionado a la escritura. Por ahora, tengo unas inmensas ganas de fumar, hacer el amor con Pabla, escuchar a Pabla y luego cerrar los ojos para acariciarla en silencio. Si eso no es poesía, entonces, definitivamente, el punto final tiene un sentido profundamente importante en la literatura, ya que encierra a las ideas y las hace perder su historicidad. He ahí el sentido de la revolución.

No te preocupes, yo invito. A la próxima, invitas tú, Julio.

Junto a Frida Kahlo

Crecí sabiendo que moriría en otoño,
Tapado de recuerdos comunes que convocan a la nostalgia,
Vestido de lo que soy, de lo que fui y de lo que seré,
En un mar de lágrimas que despiden mi carne, mis huesos, mi ateismo.
Posiblemente ocurra eso, lo cierto es que será en otoño,
Compartiendo mi muerte con las hojas de los árboles,
Volviendo a mi estado salvaje,
De incertidumbre y malestar,
De vasos vacíos y poemas sin completar,
De cigarrillos, libros, plazas y helados con Pabla.

Viento que sopla libertad.

lunes, octubre 20, 2008

Café dulce

Como siempre, para Pabla.

Mi hermano llegó recién de Argentina y trajo una bolsa de café amargo muy bueno, cuando quieras vas a la casa y nos tomamos un cafecito para conversar” replico César al momento de prender un cigarrillo en mitad de la calle. Lo quedé mirando fijamente a los ojos por varios segundos, con la frente apretada, con un cigarrillo apagado en mi boca, con el encendedor en mi mano, con la luz verde del semáforo palpitando, con un Santiago que dormitaba en plena noche.

Al cruzar la calle y botar la primera bocana de tabaco de mi boca pronuncie en voz baja: “Se te nota que nunca haz estado en Buenos Aires, el café allá no es amargo, sino más bien dulce”.

Un silencio extraño pasó entre nosotros, no hubo palabra alguna por varios segundos, sin embargo después de una cuadra César pronunció: “El café Argentino no es dulce, es amargo. Lo dulce depende de si le hechas azúcar o no a tú café”, concluyendo con una ligera sonrisa de soberbia por demostrar que diferenciaba un buen café.

Nunca supe el real por qué de mi respuesta, sólo atiné a decirle: “¿Sabes?, yo estuve éste verano en Buenos Aires y el café era dulce. No por la cantidad de Azúcar que le coloqué a mi taza de café, sino porque tenía a Pabla al frente mío, sonriéndome, mirándome a los ojos... llenándome de besos”.

Mi amigo sólo atinó a sonreír ligeramente, está vez no con soberbia, sino con ternura. “Lo que pasa – me decía César- es que confundes el gusto del café con el sabor del amor”. Luego de pronunciar sus palabras nuestro caminar apresurado y mediático se freno de lleno; volteé mi vista directo hacia sus ojos y pronuncie en voz baja: “El gusto de un buen café no pasa porque sea amargo o dulce, sino por el sabor que se le da al momento de tomárselo; Es algo así como la revolución, no pasa por un tema de gusto, sino por el sabor que se le da al momento de hacerla, además, no lo confundo, estoy seguro que el café se toma así, sino, no sería revolucionario

Mi amigo prefirió darme un abrazo, sonreír, despedirse y caminar para tomar el metro. Yo preferí caminar en sentido contrario e ir a una cafetería de la esquina para pedir un café cargado.

Dos sorbos de café, tres minutos de lágrimas y un cigarrillo fueron suficientes para extrañar lo suficiente a Buenos Aires y su café tan dulce...tan dulce para mí.

jueves, junio 26, 2008

Invierno

Santiago se resumía en melancolía, luces, noche, invierno, frío; no tuve opción, pegué la vista a la ventana del taxi mientras que la lluvia se azotaba violentamente contra el cristal. Comencé a llorar. El conductor del taxi me miró por el espejo retrovisor y pego sus ojos a los míos, preguntándome: “Oiga joven, ¿Tiene con qué pagarme?”. No quise responderle, no valía la pena, sin embargo hice el intento. “Si le sirve la pena, con gusto le pago amigo".

Ninguno de los dos pronuncio palabra alguna, la pena lo era todo.

Al cuarto vaso

Por hoy ya fue suficiente de alcohol,
no hay cuerpo que lo resista,
ni pena que no duela.

sábado, mayo 31, 2008

En resumen

Pena de bar,
Pena de lágrima,
De ausencia.

Pena calificada.
Pena amarga,
Pena de muerte,
Pena de mayo,
Pena de otoño,
Pena de cárcel,
Pena militante,
Pena restringida,
Pena sin permiso,
Pena de almohada,
Pena solitaria,
Pena lejana y cercana.

Pena de rabia,
Pena antifascista,
Pena silenciada,
Pena de ron,
Pena de fuego,
Sin brillo,
Pena sin metáfora,
Pena sin risas,
Pena lejos de Buenos Aires,
Pena estancada en Rayuela,
Pena en mi lado oscuro del corazón,
Pena oblicua,
Pena con pistachos de vainilla,
Pena sin tacos,
Pena de acordeón,
Pena sin caleidoscopios,
Pena sin boleros,
Pena organizada,
Pena concurrida,
Pena desganada.

Pena, tanta pena.

Pena con P de Pabla,
Pena con P de Piante.

martes, abril 15, 2008

¿Estás ahí?. Yo sigo acá


En memoria de Víctor “Fujy” Labarca, por los años de buena amistad.

Catalina en ese preciso momento cayó. Sus ojos demostraban una fatídica pena que aún no encontraba respuesta. Su actitud, su pelo, su piel, sus manos, todo era una mezcla de melancolía al momento de airear tú nombre, en mitad de una noche especial donde el ron, la cerveza, los cigarros, los globos, los feliz cumpleaños a Javiera eran el telón de fondo para sus recuerdos.

Hubo un silencio generalizado. El ruido de la fiesta cumpleañera suspendió un momento su hegemónico deambular para comprender quien fuiste tú, o más bien para nosotros.

Bajé la vista en dirección al suelo; tragué un sorbo de ron con hielo. Inevitablemente recordé cuando tenía nueve años y casualmente nos conocimos. Yo estaba sentado al final de la sala de clases, sacándole punta a mi lápiz grafito, justo en el momento que la profesora Gladys te presentaba al curso como alumno nuevo; “Saluden a Víctor Labarca”, decía la profesora mientras todos te seguíamos con la vista a tu banco, tus lentes, con tu ropa tan distinta a la mía, con tu timidez característica que nunca te abandono.

La nostalgia invadió mi mente, mi corazón. En ese momento intenté recordar tú cara pero no pude. Me esforcé, pero no hubo caso. Sólo recordaba nuestras andanzas en el colegio, en la calle, en conciertos, en fiestas, en peleas, en la línea del tren. Pero tú cara no aparecía por ningún lado.

El silencio murió, la gente comenzó ha hablar, a brindar, a cantar. Despegue la vista del suelo y con la mejor sonrisa de todas volví a la fiesta de Javiera, con la extraña sensación de haber vuelto a mi infancia.

No dije palabra alguna de lo sucedido, no era el momento.


Pasaron días de aquel retroceso a mi infancia, pero el sólo hecho de pensar que no podía recordar tú cara me sobrecogía. Busque en mis libros, cuadernos, agendas, croqueras algunos dibujos, alguna foto, alguna caricatura tuya que me diera una idea. Pero nada, no tengo ningún vestigio tuyo para ayudarme en mi recuerdo.

Algo desorientando salí a caminar, o más bien a pensar, airear mi cabeza. Dejé de contar las cuadras que llevaba recorridas justo en el momento en que necesite un cigarro. Miré hacia ambos lados en busca de algún local que me abasteciera. Cuando menos lo pensé estaba justo al frente de mí la melancólica botillería La internacional. Al ver aquella botillería -la cual los años nunca le pasaron encima- broto de mis labios una ligera sonrisa, además de una sed incontrolable. Forzosamente tuve que parar. Compré cigarros y una cerveza helada. Me pasé la reja del condominio donde siempre nos gustaba estar bebiendo; ningún guardia me descubrió.

Instintivamente me senté en el lugar de siempre, cerca de un árbol, con pasto a mi alrededor. Destapé la cerveza con el encendedor y comencé a beber, fumar, hablar solo, reír, hablar nuevamente solo, sonreír, guardar silencio, beber, fumar, beber, fumar. Silencio absoluto. Comencé a llorar. Era un llanto amargo, triste, solitario; el mismo que lloraste tú cuando nos volvimos a re-encontrar todos los amigos en el cumpleaños del care’ mono. Curiosamente fue la última vez que estuvimos todos juntos. Curiosamente, pero es la verdad. (¿Qué será de ellos?)

El paisaje, la noche, la cerveza, los cigarros, nada había cambiado. Salvo una cosa; ya no estábamos a mi lado, querido amigo, para reírnos de la vida, de la muerte, del futuro, del presente, de los lujos que nunca tuvimos, de tu incapacidad con la guitarra, de los múltiples apodos que teníamos, de cuando robamos en el quiosco del colegio una bebida y nos pillaron, de cuando hablábamos de fútbol, de política, de amor, de punk, de libros, de la fonda en tu casa, de pacos, de marchas, de todo, de nada.

Contigo siempre hubo razones para reír. Pero ahora no, no había razón alguna para reír. Sólo había espacio para mis lágrimas solitarias, en una noche sin estrellas, sin luna, sin nubes. No había razón alguna para nada. Me sentí tristemente solo, cruelmente solo, aisladamente solo, sin mi mejor amigo de la infancia, sin ese amigo que días antes me había invitado a un vino de buena marca en la peor plaza de su barrio. Ya no estaba mi amigo para reiterarme el viaje a Valparaíso que quedó pendiente.

Mi gran amigo no estaba acá para brindar, para reír. Nada valía tanto la pena en ese instante. Lloré por ti, por mí, por Catalina, por Soledad, por el Mono, por el Hocico e’ perro, por el Flaco, por el Teta, por tus padres. Por Macarena.

Especialmente lloré por nuestra infancia.


Volví a casa ebrio, con los rastro de lágrimas en mis ojos y mejillas, con dos cigarros en el bolsillo de mi chaqueta, con ganas de seguir llorando.

Me senté en el computador para escribirte una carta pero fui incapaz, no sabia por dónde empezar. Revise mi MSN, y vi que aún te tengo en mis contactos, justo en el grupo de Mis mejores amigos. Mi agenda aún guarda tu número telefónico. En mi cajita de recuerdos encontré una invitación para tú cumpleaños, esa que tenía a los Caballeros del Zodiaco como anfitriones del magno evento. Revise mis discos y habían cuatro que nunca te devolví. En mi libro de Química de 1º medio todavía estaba la dedicatoria para el profesor de historia.

No alcancé a presentarte a Javiera, tampoco a ir a tú fiesta de cumpleaños número veinte, tampoco a devolverte tus discos, tampoco ha ayudarte a pintar tu pieza. No alcancé a ir contigo a Valparaíso. Faltaron tantas cosas por hacer, que no vale la pena lamentarse.

Ahora toda da igual. Supongo que tendré que ir algún día a tu casa a dejar los discos que te debo, viajar a Valparaíso, pintar mi pieza, escribirte una carta para que vengas a mi cumpleaños, regalarte un curso de guitarra clásica, comentarte que la Universidad de Chile le ganó nuevamente a Colo-colo, gritarte que seguimos más dignos y rebeldes que antes. Comentarte sobre lo que es –ahora- mi vida, hablarte de Javiera, pagarte la ultima cerveza que nos tomamos en el Estorbar, caer preso en la línea, ver al Último que zierre en el Víctor Jara.

Tal vez decirte que te quise mucho, y que las ganas de reír contigo aún no se van, aunque siga –intrínsicamente- riéndome de ti para ocultar mis ganas de llorar-te.


¿Estás ahí? ¿Me oyes? ...yo sigo acá, esperando la victoria para celebrar, para ir a brindar contigo a la linda Internacional, como en los viejos tiempos.

domingo, marzo 02, 2008

Si te marchas esta noche

(Morir en Buenos Aires)



Aquella noche la lluvia lo inundo todo en Buenos Aires. Nunca supe si fueron mis lágrimas, tan solitarias y triste, las responsables. 9 de Julio se anegó de penas. Te habías marchado con la frente marchita dejándome en mitad de la lluvia, viendo como desaparecías entre las luces cabizbajas de los autos, borrando los resto de besos que había dejado en tu boca, la misma que pronuncio: ya no te amo.

En las noticias de las nueve anunciaban una de las peores lluvias de la historia. Apagué la televisión; no soporté la culpa.

miércoles, enero 23, 2008

¿Por dónde empezar?

A un buen amigo y hermano.

Supongo que en algún momento tendré que dejar de pensar ti.
Es lamentable,
Pero así es.

Las mañanas me saben a recuerdos,
Las tardes a mar yuxtapuesto,
Las noches a bares intoxicados de nostalgias.
Pienso en tu olvido y duele,
Duele tanto como aquel día
En que brinde por tu ausencia,
En que lloré tus pasos,
En que me sentí por primera vez solo,
Tristemente solo
Y no estabas ahí
Para leerme algún poema al azar,
Y denunciar que al mundo le falta ternura.

Tu mirada,
Que se vuelve una con el mar,
Desespera mi lamentable cuaderno de poemas,
Ese que no lleva más que tu nombre
En cada palabra que empino al momento de pensarte,
Linda,
Libre,
Tierna,
Para tu incansable forma de mirarme.

Pretendo olvidarte,
Pero me es complicado;
No sé por donde empezar a hacerlo,
¿En que minuto supero tus besos?
Es imposible pensarlo en este mundo mediático
Que tanto criticábamos al amparo de un par helados,
Resumiendo en acciones nuestro largo camino a casa.

Clavaste la sentencia de muerte
En todos los lugares en donde los pudiese ver,
En cada sueño por los que deambulo buscándote,
Gritándole al viento si te ha visto,
Si los recuerdos te golpean tanto como a mí,
Si mis besos errados se entrelazan con tus labios,
Tan puros al momento de mencionar te amo.

Septiembre ya me parece lejano,
Al igual que tu silenciada risa
La cual, ya no se sorprende de respirar
Ante mis labios.

Me quedo acá,
En mi lugar habitual
Pensándote en silencio,
Con pena,
Con rabia,
Con amor,
Con ternura,
Con una sonrisa,
Con un par de lágrimas en mis ojos,
Con dos helados en la mano,
Con una hoja en blanco,
Tratando de escribir el método para olvidarte,
Para sacarte de mis mañanas,
De mis tardes,
Y de mis noches;
Pero no sé por donde empezar.
Quizás perdonándote,
Quizás perdonándome,
Quizás olvidándote,
Quizás, solamente, fumando un cigarrillo
Y volviendo a cerrar los ojos
Para escribir un último poema
Antes de que este poeta
Se valla a dormir
Sin despertar con tu recuerdo
Mirándome a los ojos cada mañana.

domingo, diciembre 30, 2007

Un cigarrillo más

¿Te acuerdas de la lluvia?



Colgué el aricular del teléfono con una mezcla de nostalgia y melancolía. Realmente no sabía bien como reaccionar después de aquella llamada. Me quede largo rato mirando el teléfono, quizás, volviendo lentamente al mundo. Prendí un cigarrillo y mire la hora; el reloj sentenciaba las siete de la tarde, y yo, con justa razón, sentí una necesidad inmensa de tomarme un buen café con la soledad del día.

Sople y revolví al menos unas cuantas veces mi café antes de atreverme a tomar aquel sorbo amargo que me había quedado en la garganta al momento de colgar el teléfono. Observaba la oscuridad dominante en mi taza de café, la cual no tenía ni un rastro de azúcar.

En mi casa el silencio se transformaba lentamente en hegemonía. El puzzle del diario aun le faltaban dos palabras para ser completado, mi café ya no ahumeaba vapor como antes. Mi cigarrillo corriente se consumía lentamente entre mis dedos, y la música de Beethoven acompañaba el deambular desolado de luz solar que entraba por mi ventana. No comprendía nada, no sabia si era nostalgia o miedo lo que hacia quedarme estático en mi sillón.

Intente mirar para hacia otro lado, airear mis ideas; pensar en la voz de la persona que me había llamado, tan dulce, tan tierna, tan humana, tan...conocida. Pero no, no podía reconocer la voz que sentencio mi final del día.

El reloj marcaba torpemente mí tiempo de espera antes de la cita acordada por teléfono, su tic-tac era ensordecedoramente inclaudicable. No había justificación real para no asistir a la cita acordada, debía vestirme de recuerdos y al menos ver a la persona que tantas cosas me provoco con su voz tan calmada y conciliadora.

Me abroche el penúltimo botón de mi camisa blanca, busque las llaves y emprendí camino. La noche se hacia presente ante mis ojos, los cuales no descubrían más que la ruta más adecuada para llegar lo más pronto posible.

Algo cansado y desconcertado llegue al lugar pactado. Una banca desgastada por los años, un farol con dos bombillas que daban el aspecto a media noche, un pequeño árbol, y ni un testigo de mis actos. Estaba completamente solo en aquel lugar. Me crucé de piernas, prendí un cigarrillo con los fósforos que guardaba en el bolsillo izquierdo de mi pantalón. Boté el humo con todo el cuidado y respeto que merece. Los nervios era más que todas las estrellas que aquella noche, tan despejada y hermosa, se asomaban para acompañarme en mi soledad.

Puta madre” pronuncié sin decir una palabra. No tenía hora, pero sabía que ya era tarde. La inquietud era mi peor defecto. “¿Habrá sido una broma?”, me pregunte apretando las cejas. Lo sabia, pero sin embargo quise esperar; argumenté mi decisión tomando en cuenta que no podría volver a dormir nunca más tranquilo, que la duda seria el peor castigo para mis más estruendozos sueños.

Ya en mi sexto cigarro sentí el ruido inconfundible de pasos a lo lejos. Me levante impaciente, poco preparado para lo que vendría. Una mujer joven, hermosa y con una amplia sonrisa se abalanzo para darme un beso en la mejilla y excusarse por la demora. Quedé perplejo, fui incapaz de pronunciar palabra alguna.

- ¿No te acuerdas de mi?- pronuncio ella con esa voz cautivadora.
- Lo siento, pero no te reconozco- respondí aun con la misma cara de sorpresa.

La mujer me regalo una sonrisa tierna y se sentó en la banca. Saco un cigarrillo y me pidió fuego. Le pase mis fósforos con algo de cautela y me senté junto a ella.

- Dime, ¿Quién eres?- pregunte con mis ojos clavados en los de ella.
- Mejor dime, ¿Quién quieres que sea?- respondió botando el humo de su boca con toda tranquilidad

.No comprendía nada, todo era confuso y lejano. No quise responderle palabra alguna. Sólo la miraba para reconocerla, adivinar quien era aquella mujer. La examine detalladamente, lleva una falda corta que mostraba gran parte de sus piernas, una blusa verde y un pequeño bolso donde guardaba sus cigarrillos. Su pelo se alzaba con la inhóspita brisa que a veces se asomaba a saludarnos. Su piel, morena, intacta, frágil, me resultaba realmente familiar, pero en si, no me da daba ni una sola pista. Ella no pronunciaba ni una sola palabra, fumaba y botaba el humo mirando las estrellas.

La situación era enfermante, delirante; ¿Cómo era posible que esté con una mujer que apenas sé quién es?. Apagó su cigarro, botó lo último de humo que le quedaba en los pulmones y me miro.

- Dime, ¿Quién soy?- preguntó ella
- No lo sé. Por favor, ¿Paremos el juego y me dices quién eres?- respondí fríamente sin despegar un ojo de los suyos.
- Entonces por está noche seré sólo un recuerdo.

No intente buscarle la lógica a sus palabras, sólo la mire consternado.

- ¿Qué quieres de mi?- le pregunté ya algo asustado.
- Nada, absolutamente, nada- Respondió ella, con voz tranquilizante.
- Estás loca mujer- le dije parándome de la banca para irme.
- No espera- dijo ella apretándome la mano izquierda y llevándola hacia ella.
- No estoy loca. Lo que pasa es que estoy triste, tristemente sola- dijo casi en voz baja, mirando en dirección al suelo.

Sus palabras fueron un durísimo golpe en mi corazón, como si su dolor me lo hubiese transferido a mí en un segundo.

- Cuéntame, ¿Qué ocurre?- pregunte intrigado mientras apretaba su mano en señal de afecto
- Estoy sola. Ya ni mi recuerdo te acompaña- contesto ella, demostrando una pena terrible.

Se abalanzó hacia mi pecho. Por mero instinto humano acaricie su cabello, tal vez para consolarla. La sentí llorar en mi recuerdo. No quise preguntar nada, dejé que llorar hasta que más no pudiera. Cuando paró, se levanto y me sonrió. Yo la mire fijamente a los ojos.

- ¿Y tú, cómo estás?- pregunto ella intentando cambiar el tema.
- Estaba bien. Ahora ya no lo sé- respondí seriamente a su pregunta.
- ¿Quieres llorar?- pregunto preocupada.
- No, no hace falta- Replique rápidamente.

Seco los últimos rastros de lágrimas en sus mejillas, se tomó el pelo y miro hacia el frente. Torpemente quise ver lo que ella estaba observando. Estrellas, ella veía hacia las estrellas.

- Ya no recuerdo como te conocí, pero recuerdo muy bien como reías, como leías, como amabas, como llorabas. Sé que cuando te fuiste quedaste solo, muy solo. Sé que te alejaste sin miedo ni por miedo, sino por otros motivos- Dijo ella con su mirada pegada en las estrellas, amparada por la nostalgia.

Yo quede sorprendido. Ahora todo era más caótico que antes. (Que ganas de tomarme un café o un buen vaso de ron).

- ¿Todavía escribes?, ¿Lees a Cortázar, a Benedetti?, ¿Cómo va la revolución?, ¿Aun eres niño o abandonaste la idea de no morir en el intento?- menciono ella sin temor a nada.

En ese preciso momento supe quien era aquella hermosa mujer.

- ¿Te acuerdas de la lluvia, Emilia?, ¿Te es melancólico cada marzo, cada otoño?, ¿Te rendiste?- respondí para que no me respondiese.

El silencio era el mejor mediador para nuestra pugna emocional. Los latidos de mi corazón se emancipaban a nivel descomunales, yo diría que estuve al borde de una taquicardia severa.

Emilia, ¿Cómo poder olvidar?, o mejor dicho ¿Cómo la olvide?. Después de tantos años, de tantos sueños, luchas, besos, volvió. Estaba allí, a mi lado, nuevamente para mí. Era distinta, ya no tenia la misma apariencia de antes, ahora estaba más linda; la libertad nunca la dejo.

Una lluvia de nostalgias y recuerdos bombardeaban mi cabeza en un segundo. Recordé la casa de mis padres (¿Qué será de ellos?), mi barrio donde crecí, amigos que siempre e querido volver a ver, nuestro primeros besos con Emilia. (¿Dónde estuve todo este tiempo?)

Yo seguía pensando a medida que algunas recónditas lágrimas caían de mis ojos. La emoción era inexplicable.

- La lluvia, que linda fue. Eran las cinco de la tarde en otoño. Llovió y no nos importo, sólo había tiempo para nosotros- Interrumpió Emilia, con su mirada desviada.
- Si, fue hermoso. Al menos, estaban los árboles para cubrirnos- proseguí sus palabras.
- ¿Fue bonita aquella lluvia para ti?- pregunto ella.
- Claro, estábamos los dos solos. Solos en nuestro mundo. Nunca dejo de pensar en aquel día en el cual, por un segundo, llegue a ser totalmente feliz- Conteste con un leve suspiro de resignación.

Emilia seguía mirando las estrellas, tal vez porque a esa hora se veían más nítidas que nunca. La mire, le quise pedir un beso, pero fui incapaz de hacerlo, ¿Quién era yo para romper con la tradición de soledad que albergaba mi alma?. No quise preguntarle que era de su vida, su trabajo, su familia. Su soledad al momento de llorar era la mejor respuesta. Emilia seguía igual de libre, nunca pedía permiso para vivir.

- Emilia, ¿Dejaste de reír?- pregunte seriamente.
- Tal ves, ya no lo sé- Contesto ella, como si con esas palabras me diera las respuestas a todas sus penurias.
- ¿Me haces un favor?- pregunto ella.
- Claro, lo que tú quieras- conteste tiernamente.
- Quiero que me dediques un cuento. Aunque sea cortito.

Una respuesta afirmativa con la cabeza y una leve sonrisa, sentenciaban un si definitivo para metaforizar su alegría. De pronto ocurrió lo inevitable.

- Me tengo que ir, espero el cuento- dijo ella parándose de la banca.
- No, no te vallas, quédate un rato más- Suplique.
- No puedo, al menos hoy no puedo- Respondió ella con algo de tristeza.
- Al menos fumémonos un cigarrillo más- interrumpí sacando el cigarro de la cajetilla
- Dejémoslo ese cigarrillo como excusa para vernos otro día, ¿Vale?- contesto Emilia soltándose el pelo.

La vi marcharse con la libertad que siempre le caracterizo su forma de andar. Yo me quede sentando, pensando en su recuerdo.

Me quede sentado en la banca largo rato, pensando, fumando, recordando. De la nada sentí un ruido estruendozo que rompía con el silencio melancólico del lugar. No comprendía que era. Abrí los ojos y el teléfono sonaba molesto y lejano.

Desperté en mi cama desorientado. No comprendía lo que ocurría.

El teléfono seguía sonando pero no le prestaba atención. Me levante de la cama y vi la hora; el reloj marcaba las 10:30 de la mañana.

Fui a la cocina a prepararme un café. Mientras hervía el agua me pregunte, “¿Fue un sueño o realidad?”, nunca lo sabré.

El maldito teléfono sonó nuevamente; pensé ¿Será Emilia?. Velozmente fui a contestar.

- ¿Alo?- pregunte ansioso.

Nadie contesto.

Tomé la taza de café y me fui directamente al computador a escribir. Fue inevitable.

Al momento de terminar el cuento no sabia que titulo ponerle. Prendí el penúltimo cigarro de los que me quedaban. Dejé uno, tal vez como excusa para volver a ver Emilia soltándose el pelo y reapareciendo mis ganas de vivir.

jueves, noviembre 01, 2007

Celebrando que -ahora- vivimos

* A Tomás Cruz, para que algún día pueda vivir y cantar.

El silencio de la noche fue interrumpido por un grito desconsolado, desgarrador que hizo pensar por un segundo que alguien había muerto a las afuera del departamento de Tomás; el cual en ese preciso segundo despertó con el pecho apretado y la respiración cortada por aquel grito tétrico. Tomás, se restregó los dedos en los ojos para intentar despertar torpemente de su profundo sueño interrumpido. Estiro el brazo para encender la lámpara que había en su velador y se aproximo a la ventana para ver que ocurría en la calle. El reloj blanco con azul del muro marcaba las 3: 24 de la mañana, y Tomás solo diviso a lo lejos un vagabundo ebrio cantándole a la luna, con una botella de ron en la mano, interpretando las más conocidas rancheras Mejicanas. Tomás al ver tal espectáculo solo atino a sacar la cabeza por la ventana y gritar a viva voz “¡¡Vete a tú casa borracho, que hay gente decente que quiere dormir!!”. El ebrio con el mejor de los reproches no atino a decirle nada, solo a seguir cantando y gritar “¡Ahora Estoy vivo carajo!”.

La noche paso más larga de lo normal, en especial para Tomás que no pudo pegar un ojo por la culpa de aquel borracho que no hacia más que cantar y reír en voz alta.

Como era su costumbre, Tomás a las 7: 05 de la mañana ya estaba bañándose para ir a trabajar. Su ropa de marca, perfectamente planchada y limpia esperaba impaciente su estreno en sociedad, en especial aquella corbata roja que combinaba tan bien con el reloj de oro que siempre llevaba puesto Tomás para los días importantes, ya que hoy, el jefe de la empresa, Don Steve Jackson hablaría personalmente con Tomás, para felicitarlo por su buen desempeño en este año y por sus logros en la empresa.

7: 34 Am., Tomás se vestía y buscaba las llaves de su auto para irse a trabajar, la idea de él era llegar a lo menos diez minutos antes que todos en la oficina, pero ese día Tomás despertó agotado. El cantante de anoche no lo dejó dormir, el cansancio se hacia hegemonía en sus ojos y en sus bostezos sincrónicos.

A Don Steve Jackson ya se le asomaba su típica vena gruesa en la parte izquierda del cuello, al ver que Tomás no llegaba luego de haberlo esperado más de una hora. En la empresa, nadie comprendía la demora de Tomás el cual apareció sorpresivamente sudado y con ojeras abultadas en ambos ojos. “Perdón jefe, pero me quede dormido” fueron las palabras de Tomás al llegar a la oficina. “Me hizo perder más de una hora, señor” contesto enérgicamente Don Steve Jackson acomodándose la corbata con ambas manos. “Nunca me había ocurrido señor, me siento muy avergonzado” intentaba defenderse Tomás, pero le fue imposible frente al arrebato del Señor Jackson, el cual tomó su maletín café con negro y emprendió ruta hacia el ascensor con una sensación a desprecio por la impuntualidad. Su mirada lo decía todo.

La tarde comenzó a llegar en Santiago, y la pena de Tomás por haber perdido su oportunidad de ser felicitado por el dueño de la empresa lo mataba. Todos en la oficina lo miraban con ojos inquisidores, intentando maldecirlo en silencio por su irresponsabilidad. Ni una sola palabra de aliento recibió Tomás ese día.
Triste por todo lo ocurrido, Tomás quiso desviar sus pensamientos de los ojos de sus compañeros de trabajo. Una inquietud vino a su mente “¿Cómo era aquel vago de anoche?, pese a todo estaba bien vestido” se cuestiono en voz baja. Su gran preocupación, ya no era Don Steve Jackson, ya que solo tenia en mente una cosa; el recuerdo de aquella maldita ranchera que le había dejado en el inconciente aquel borracho que cantaba justo afuera de su casa. Tomás Intentó recordar más especifico el aspecto físico de aquel borracho, pero no pudo, solo recordaba la canción que aullaba aquel vago desde su ventana.

Al salir del trabajo, Tomás encendió el motor de su auto con algo de recelo, cansado, angustiado por lo que le dirían mañana en la oficina sus jefes, la secretaria del jefe, sus colegas, el portero de la empresa. Nada podía ser peor ese día. Condujo por Avda. Providencia a toda velocidad, tal vez quería llegar lo más rápido a su casa y llorar desconsoladamente, pero las luces rojas impedían su apuro hacia la lágrima fácil.
Al llegar a casa, Tomás le preguntó al portero que cuidaba el edificio “Don Manolo, ¿Usted escuchó anoche cantar a un borracho afuera del edificio?”, “No señor, ¿Por qué?” pregunto extrañado el portero del edificio. “Es que ayer estuvo un borracho cantando justo afuera de mi ventana y no me dejó dormir por sus gritos” contesto cansado Tomás. “Estaré más atento esta noche señor” replico el portero dejando el diario de lado.

Pasaron las horas y Tomás dormía placidamente al ritmo de la noche en su total extensión de estrellas cuando un grito ensordecedor remeció todo su departamento. “¡¡ ¿Qué pasó?!!” grito extrañado y sobresaltado Tomás. El borracho había vuelto de nuevo al mismo lugar, con la misma botella, con la misma canción. Su alarido poético le retumbaba en los oídos a Tomás que solo atinó a verlo por la ventana y gritar “¡¡Cállate hijo de puta!!” con un rostro de enfado terrible. Por su puesto, el borracho no hizo caso.

Al día siguiente, Tomás se presentaba a trabajar aun más cansado y con un rostro totalmente demacrado por el sueño. Su colega de trabajo, Felipe le pregunto “¿Qué pasa hombre?, te vez terrible” la nula respuesta de Tomás fue más reafirmante que cualquier otra contestación desvalorada. Tomás se sentó en su escritorio de trabajo y fue incapaz de tipiar palabra alguna en el computador, leer informes, ni mucho menos sonreírle al jefe. Su actitud había cambiado desde que el borracho le cantaba todas las noches afuera de su ventana.

Así pasaron muchas noches de las cuales Tomás no durmió ni una sola. Su desempeño en la oficina era casi una burla, no hacia absolutamente nada, ni escribir, ni leer, ni contestar llamadas, ni hablar con su jefe para programar su próxima reunión. Era tal el cansancio que Tomás no tenia energía ni para soñar en ser dueño de una gran empresa, como siempre quiso serlo. Lejano le parecieron todos sus sueños de juventud cuando mencionaba a viva voz en su casa materna “Ya me verán lleno de dólares en los bolsillos”, el pasado condenaba sus palabras en acciones sonámbulas. Tomás en ese momento lloró silenciosamente en su escritorio, cambiaba todo eso solo por una cosa, dormir.

A las 15: 45 de la tarde, Tomás se quedaba dormido en su escritorio y su jefe, Don Patricio se daba cuenta. “¡¡Tomás, ¿Cómo es eso de andar durmiendo en la oficina carajo, qué se cree?!!” grito efusivamente Don Patricio. Tomás se despertó de un salto y solo miro a los ojos a su jefe. “Tomás usted a cambiado mucho su actitud en la empresa, por ende e tomado una decisión. Ya no nos sirve, no le sirve a nadie en esas condiciones. Olvídese de su ascenso porque desde hoy usted está des-pe-di-do, ¿Me oyó?” El grito de Don Patricio se escucho incluso en el cuatro piso de la empresa. Tomás miro fijamente a Don Patricio y no hizo gesto alguno de reclamo o reproche, se sentó sutilmente en su silla y empezó a vaciar los cajones de su escritorio. En una pequeña caja de zapatos, Tomás guardaba todos sus sueños, su foto de recién graduado de la Universidad, su postal de Europa que tanto añoraba visitar para asentarse allá, su foto con Don Patricio abrazados como dos buenos “amigos”, y algunos papeles sin importancia.

Nadie en la oficina se despidió de él. Su paso cabizbajo era la despedida perfecta por los pasillos de la oficina. Tomás ni siquiera lloró, una sensación extraña reposaba en su pecho.

Al subir a su auto, Tomás se sintió más feliz, más tranquilo. Una extraña sonrisa brotaba de sus labios. “Estoy cesante” dijo Tomás en voz alta, tal vez para convencerse del hecho. Tomás encendió el auto y empezó a conducir en dirección a su departamento. Era extraño pero Tomás se había olvidado de cómo era la tarde en Santiago, ya que desde que trabajaba en la oficina, nunca tuvo tiempo para fijarse en el brillo del sol, ni de los árboles ni del cielo. Todo era la oficina y ahora que no está todo se volvía más sorprendente, más nuevo, más luminoso. Tomás volvía a redescubrir el camino a casa, sin pensar en su trabajo, en deudas, en dinero, en nada.

Llegada la noche, Tomás no tenia nada que hacer, ya había descansado lo suficiente en toda la tarde como para pensar en quedarse a ver televisión en su casa. Abrió la ventana de su departamento para refrescarse del inmenso calor que hacia en Santiago a esa hora de la noche. Tomás se dio cuenta que la noche brillaba más que nunca, era increíble volver a mirar la noche sin pensar en que mañana debía trabajar. Extrañamente, Tomás quiso compartir su felicidad con alguien, con alguna persona que comprendiera lo que él sentía, celebrar su libertad. Un sensación a soledad le embargo el corazón a Tomás, sin embargo recordó al borracho que siempre cantaba fuera de su departamento. Una idea paso por su cabeza “Celebrare con aquel vago que siempre canta afuera de mi casa” grito Tomás con euforia. Bajó de su departamento y compro la mejor botella de ron que había en la botillería, se sentó en un banco a esperar a su amigo, para cantar y celebrar solo por una noche.

Eran las 2: 00 de la madrugada y el vago no llegaba. Tomás se pregunto si vendría esta noche, la noche en donde más lo necesitaba. La espera termino cuando Tomás abrió la botella de ron y comenzó a beber solo, “A lo mejor el vago llegara después a la celebración” dijo Tomás con una leve sonrisa en sus labios.

Pasaron las horas y el vago no llegaba a cantar, pero a Tomás no le importo, ya que en ese preciso momento comenzó a cantar borracho en la mitad de la calle, con la camisa abierta y arremangada, sin corbata y con su chaqueta tirada en el suelo. Toda su ropa de marca que tanto cuidaba ya no valía ni un peso, solo tenia valor, para Tomás, las más conocidas rancheras mejicanas. De repente su canto alegre fue interrumpido por un grito inquisidor a lo lejos. “¡¡Cállate hijo de puta!!” sonó estrepitoso. Tomás Miro para todos lados para ver quien le había gritado. Observo un rostro de enfado terrible que lo miraba desde la ventana de su departamento. Por su puesto, Tomás no hizo caso. Alzo la botella y grito “¡¡Ahora estoy vivo carajo!!” dándole como punto final a su expresión la mejor de las sonrisas, esas que solo nacen en plena felicidad.

martes, octubre 23, 2007

Bolero del recuerdo

Un día soñé
Y te confieso que lo hice.
Estabas con tu luz color estrellas
Que acompañaba mi deambular pausado
En dirección hacia algún lugar
Para beber un bolero
Y estallar en llanto,
Recopilando los pedazos de papeles
Que quedaron esparcidos
En lo alto de tu recuerdo,
Justo aquel día
En que te soñaba
Color estrella,
Entre tantos rostros,
Entre miradas apretadas,
De brindis sin acabar
Para ocultar el cuarto cigarro
Que ese día acompañaba
Mi fiel taza de café.

Recuerdo que te soñaba a lo lejos,
Vestida de versos casuales,
Metáforas intercambiadas por risas,
Hermosa desde lo pies hasta el alma,
La mejor geografía de Benedetti,
Con ojos menos tristes, escasa deuda con la vida.

Aquel día bastó una caricia
Para darme cuenta
Que por ti pasaba el día entero
Rellenando papelitos en blancos
Que sostenían tu ternura
Tupido de melodías,
De noches omnipotentes,
De estrellas que hacían más que mirarte
Y maldecir cada palabra
Que dictaminaba un saludo coqueto,
Un abrazo,
Un beso confundido y sin errar a la vez.

Pobre universo,
Nunca supo de nuestro primer beso,
Solo supo del cómo
Y ya era tarde para advertirnos
Que nos habíamos enamorado nuevamente en silencio,
Que bailábamos de la mano
Sin mayor vergüenza
Del triste bolero que encandilaba y recibía
Alguna que otra lagrima
De un pobre poeta que maldecía sus veinte años.

Fue así,
Me quede perplejo
Inventado rimas escandalosas
Para envalentonar nuestro primer saludo,
Para que los segundos que nos alejaban
Supieran de tu alegría ansiosa.

Ese día te soñaba color estrellas,
Y no pensaba en nada más,
Ni mi mejor poema sirvió para combatir
Aquel beso que fue tu mejor verso de bienvenida
Para la caricia en mi mejilla
Que aventurada venia a acompañar
Mi más elocuente sonrisa.

Ni nombres, ni saludos,
Ni promesas, ni rutinas.
Solo un beso,
Un baile en el mundo que te pensé ese día,
Una leve sonrisa al momento de respirar
Para decirme en breves palabras
Que el silencio en estos casos
Es el mejor aliado para enamorarse
Sin recompensas ni excusas.

Ojos claros, sinceros
Que mejor pretexto para amarnos,
Para decirte que amo volando
Y que esta noche
Quiero volar contigo,
Que mi lágrima impura
Sólo cae por cortesía,
Que tu beso fue el perdón
Por no pecar un poco más
Al escuchar aquel bolero que hoy bebo
En aquel lugar
En donde no nos conocimos con formalidades
Pero nos besamos hasta más no poder.

Ya es tarde,
Me atraganto con el bolero que empino,
Porque ya es tarde para todo.
Tarde para despertar de este sueño,
Tarde porque te fuiste como llegaste
Recatada de versos creativos,
Con tus típicos adornos a misterio
Que cubrían tu pasado,
Con este beso inconcluso
Que ninguna mujer ha podido completar
En mis ya, resecos y tristes labios.

Hoy me vestí de recuerdos
Y me aproxime al bar en donde te conocí,
Coloque de fondo
Aquel bolero con el que nos besamos
Y pedí la misma copa que hace veinte años
Solo para tragarme los acordes de nuestras primeras caricias,
Y escribí éste, tú poema
En la mesita en donde te vi y soñé por primera vez
Ya que no tengo más remedio
Que guardar mi poesía en una cajita de madera
Y acompañarte en tu silencio fúnebre
Y llorar acompañado por la noche
Que no alcanzó a decirme
Que te habías ido
Y que me dejaste solo un hermoso recuerdo
De un te amo pendiente
Que aun intento recitártelo al oído.

Hoy no quise despertar.
Porque te quise seguir soñando
A lo lejos, color estrella
Aunque tú ya no estés acá
Rompiendo la calma con tus besos
Y alimentando mi curiosidad
Por saber quien eres.

miércoles, septiembre 19, 2007

Lo perdido Nostálgico

A Emiliano Fucks, por su amistad y compañerismo.
* 10 años pasaron y recién comprendí lo que perdí.

Aquella lagrima solitaria que corrió desorbitada por la mejilla de Emiliano, apretó más su corazón, reafirmando así, una pena mayúscula. Esa tarde Emiliano reventó en un llanto triste, con amargura de nostalgias, sin el sabor característicos de los besos de Nicol.
El día, nublado y lluvioso acompañaba la melodía de la canción que alguna vez escucharon juntos al amparo de días cuajados en sonrisas y ternuras, las cuales disfrutaban en la inmensidad de la cama, resguardados por un abrazo perpetuo que nunca pensaron que terminaría. Los recuerdos cayeron en silencio, disfrazados en las lágrimas moribundas que Emiliano derramaba sin mayor preámbulo.

El hervidor de agua sentenciaba su punto de ebullición, y Emiliano se acercaba con paso lento a servirse un último café antes de volver a llorar, antes de que el respirar se tornara aun más complicado. Tres cucharadas de café y una de azúcar fueron suficientes para calmar la pena que apretaba la garganta de Emiliano, que no paraba de soplar su taza de café, como intentado alejar las penas con el vapor que brotaba.
En la soledad de su habitación, Emiliano no hacia más que escuchar una y otra vez la canción de aquel disco que le regalo Nicol, al mismo tiempo que encendía un cigarrillo para acompañar de mejor manera el café que sostenía minuciosamente en su mano derecha, que en ese momento se hizo su mejor compañía para resguardar su llanto melancólico.
Desde su ventana, Emiliano notaba las gotas de lluvia que escurrían por el vidrio. Las miraba con cautela, sin prisa, sin animo; era incapaz de gesticular mayor asombro por la muerte paupérrima de las gotas que alguna vez le sirvieron como pretexto para escribir poemas en su cuaderno de costumbre, el mismo cuaderno que permanecía en blanco por ese día, en el que Emiliano decidió llorar toda la tarde sin un poema que se escapase de su imaginación.

Emiliano no podía parar de pensar en Nicol, en su perfume, en sus besos, en sus abrazos, en su mediática sonrisa que todo lo arreglaba. El dolor en su pecho era más fuerte que sus ganas de sonreír, por ello no hacia más que llorar, apretarse la cara con ambas manos, secarse las lagrimas para volver a llorar, prender un cigarrillo, tomar un sorbo de café, poner la misma canción una y otra vez, lamentarse por todo y volver a preguntarse en que falló, que había pasado que Nicol se había ido de su lado. La sensación de perdida se emancipaba con fuerza en el pecho de Emiliano, el cual volvió a llorar sin consuelo en aquella tarde de lluvia.

Las horas pasaban y Emiliano seguía en el mismo lugar, con la soledad de compañía, con el recuerdo de Nicol en cada lágrima y en cada putiada que gritaba, pensando una y otra vez en que había perdido realmente con la partida de Nicol, con su desaparición paulatina, con su felicidad muerta al momento en que Nicol cerro la puerta de su casa, aquella tarde de sol en que ambos se besaron por ultima vez. Todo era un tormento, todo era Nicol, que golpeaba en la cabeza de Emiliano, que se desarmaba a lágrima viva por aquel nombre, por aquellos besos que nunca más supieron de él, por la incertidumbre que iba creciendo en su corazón al no saber con certeza que había perdido con su partida.

A lo lejos, el teléfono sonaba escandaloso, rompiendo así, la monotonía del silencio fúnebre en la casa de Emiliano, el cual con sus ojos hinchados de tanto llorar, no quiso contestar, ya que por ese día quiso volver a estar a solas con él, con el recuerdo latiente y vivo de su amor perplejizado en lagrimas, en donde la poesía no alcanzaba como mediación de su lírica forma de llorar, ni daba respuesta a su constante interrogante.

El día, con su implacable desvelo lo convierte todo en noche, acompañado con el calido reencuentro de las estrellas en el firmamento. Emiliano, se percato que la tarde había muerto, que la noche se hacia hegemonía en sus ojos ya cansados de llorar. Se levanto de su lugar de llanto con algo de reparo, apago la radio y seco sus últimas lágrimas con la manga de su polerón. Camino con algo de torpeza al baño, se lavo la cara como un intento de borrar el camino de pena que había dejado su llanto amargo. Seco su cara al mismo tiempo que se miraba al espejo y observaba su rostro sin la constelación de besos que le había dejado Nicol en sus labios.

En ese preciso momento Sandra entraba a la casa llena de bolsas de supermercado, empapada, con su típico gorro negro que cubría su hermoso pelo. Sandra, a lo lejos le grita “Llegue!!”, dejando cuidadosamente las bolsas en el suelo. La nula contestación a su saludo la hizo dirigirse al baño en donde estaba Emiliano, sin polera, mirando fijamente el espejo. “¿Te pasa algo?” le pregunto ella con voz de preocupación, “Nada” contesta Emiliano con su voz rasgada por la pena. Un silencio incomodo paso de por medio entre ambos. “¿Estas triste?” pregunto ella mirando a Emiliano fijamente a los ojos. “No” contesto certeramente Emiliano sin despegar un ojo del espejo. “Oye, tienes cara de pena. Apuesto que estás frustrado porque no puedes escribir poemas” dijo ella con una leve sonrisa en sus tiernos labios. El silencio de Emiliano fue la respuesta menos esperada, por lo cual ella insistió “Yapo, dime algo”, el silencio fúnebre de Emiliano seguía como respuesta. “¿Estas triste, preocupado?, tienes carita de que algo se te perdió, estas muy raro”. Extrañamente una sonrisa inhóspita nació en la cara de Emiliano, el cual despego su cara del espejo y contesto “No, ya la volví a encontrar” respondió Emiliano apoyando sus manos en el lavamanos. Ella no comprendió lo que decía Emiliano, pero tampoco quiso indagar mucho en su extraña respuesta. “¿Entonces, por qué estas así?” Pregunto ella. “Por nada, solo que había olvidado algo, y tuvieron que pasar 10 años para volver a recordarlo” contesto Emiliano con una sonrisa nítida en sus labios. “¿Algo importante?" Pregunto ella. “Si, pero da igual” contesto Emiliano, al mismo tiempo que ponía punto final a su respuesta acompañado de un beso en la frente de Sandra. “Ahora voy a escribir, será mejor” prosiguió Emiliano apagando la luz del baño. “¿Un poema o un cuento?” Le pregunto impaciente Sandra. “Un cuento” Contesto Emiliano. “¿Y de que va a tratar?” volvió a preguntar Sandra con entusiasmo. “No sé, tal ves la historia de un viejo amor; de esos que nunca mueren, si es que uno siempre lo recuerda” contesto Emiliano con leve suspiro. “¿Y cómo le vas a poner?” pregunto nuevamente Sandra. “No sé, tal ves lo pongo por titulo, “Lo perdido nostálgico”” contesto Emiliano con su voz algo cortada. “Bien raro el nombre, ¿Por qué ese nombre?” pregunto Sandra con extrañeza en su rostro. “Porque a veces es bueno volver a llorar con una canción, luego de 10 años sin saber lo que realmente perdiste” contesto Emiliano con una pequeña lagrima en su mejilla. Sandra fue incapaz de pronunciar palabra alguna, solo atino a mirar por la ventana y observar como la lluvia chocaba violentamente en los vidrios de la ventana.

domingo, septiembre 09, 2007

Las noches

Las noches se tiñen del color de tu rostro,
De tu risa
Y de tus ganas de volver a soñar.

La calida espera por verte
Me empapa de más noches
En donde no pego un ojo
Para soñarte entre poemas
Y besarte con escándalos
De libertad y amor,
Para mirarte
Y que las noches pueblen
Lo profundo del momento
Que nos invade de reencuentro
Y tú perfume a silencio
Cierre los ojos
Para darle lugar
A la oscuridad
Que se transforma en espacios inhóspitos
Para las enamoradas utopías

Realmente las noches
Conservan intactos
El sabor dulce de tu rostro,
Me calman
En la mitad de otoño
Para sentirte en mis papeles
Y despertarte con versos matutinos,
Tal vez,
Para no cansarme de gritar
Mis primaveras más coloridas.

Las noches tienen tu mirada,
Esa cautiva y humilde,
Esa que en silencio poético
Termina con la rectitud de reglas,
Poniéndole freno a los calendarios,
Calmando la muerte de invierno
En manos de la enérgica alegría,
Cuando caminamos sin hablar,
Sin mentir,
Sin llorar,
Y poblamos de recuerdos,
De nostalgias,
Los últimos días
En que la noche no resguarde
Tú sincera sonrisa metafórica.

Te confieso que por las noches
No reclamo
Por la ausencia de tu risa,
Ni te lloro sin mi taza de café,
No te pienso sin un cigarro
Muriendo entre mis dedos,
Mastico los minutos
Para quedarme en desvelo,
Mirando las noches desde mi ventana,
Sonriendo la oscuridad de tu pupila,
Disgregada por un mar incertéro de sonidos,
En los cuales
No distingo nada más
Que tú silencio al dormir,
Lejano de la ciudad.

Así pasó mis noches,
Las noches con sabor a ternuras,
Las noches donde miro al cielo
Y no hallo más que tu rostro
Envuelto en calma,
Con tu pelo bañado de negro,
Con tu piel humilde,
Con tu respiración
Que es tu mejor te amo.

Pasan las horas y la noche muere.
Me caigo en derrumbe de lágrimas,
Con el sol brillando en mi cara,
Con la ausencia de noches que llevan tu rostros,
Con los sonidos de autos y ciudades
Que estropean nuestro beso de despedida,
Para luego comenzar a llorar la mañana,
Desarmarme la tarde entera,
Para que al fin llegue la noche,
En donde nos volvemos a encontrar
En la ventana de siempre,
En la que te escribo sin parar
Para que un día
Las noches se conviertan
En mi excusa perfecta
Para decirte en silencio perfecto
Te amo,
Y no halles más que mi rostro
En tus noches más solitarias.

domingo, agosto 19, 2007

El sol bajo el túnel

* A mi primo, amigo y hermano Gonzalo, por descubrir conmigo más de lo que pude aprender.

Ese día en Isla negra el sol no brillo. Las luces de la tarde se extinguieron por completo, las olas del mar chocaban con rabia en el espesor tosco y gris de las rocas; la playa permanecía prácticamente vacía. En ese mismo instante dos niños solitarios jugaban a cavar agujeros en la arena. A lo lejos una voz de eco se escucho rompiendo la calma del día, “Teni que sacar más arena por ese lado, viste que después se te llena y no terminai nunca” le decía José indicando con cansancio el lugar exacto, “Si sé, si no soy tonto” replicaba Ariel con algo de enfado.
Oye, José ¿Tú creí que terminemos el túnel antes de que se haga de noche” decía Ariel sacando un puñado de arena, “No sé, pero si no terminamos ahora nunca sabremos si es verdad lo que decía mi papá” contestaba José secándose el sudor de su frente. “Yo creo que tu papá nos estaba molestando, ¿Cómo va a ser posible que en un determinado momento el sol pase por de bajo del túnel y lo podamos ver?” preguntaba Ariel mirando los dos agujeros. “No sé, pero tenemos que cavar rápido porque esta subiendo la marea y nos podemos mojarsé, pero tenemos que cavar rápido porque esta subiendo la marea y nos podemos mojarcontesto José volviendo a su trabajo.
Ariel miro al cielo y se percato de que estaba nublado, incluso ya estaba oscureciendo, pero prefirió guardar silencio y no decirle nada a José, ya que él seguía empeñado en sacar arena del agujero.

La playa guardaba silencio perpetuo, las horas pasaban sin ser descubiertas y los dos niños seguían acostados en la playa con el cuerpo casi completo dentro de los agujeros, de pronto José alza voz “Ariel, ahora tenemos que empezar a juntar los agujeros. Primero, deja de cavar para abajo y empieza a cavar hacia el frente, así nos vamos a encontrar. Segundo, ten cuidado porque se nos puede caer el puente de arena que va a quedar. Tercero, apúrate! “. “Oye José, ya estoy cansado de esto ¿Por qué mejor no nos vamos y lo terminamos mañana?” dijo Ariel sobándose su mano derecha. “Estamos por terminar, no podemos dejar esto inconcluso” grito José levantándole la moral a Ariel para que continuara cavando.
Poco a poco la arena se iba haciendo menor en el agujero de ambos, la distancia se acortaba cada vez más, la alegría y la expectación aumentaba. De pronto las manos de los dos niños se encontraron “Ariel terminamos!” grito de felicidad José que sacaba los últimos vestigios de arena al interior del agujero.
Ambos niños se limpiaron las manos y se levantaron. Ariel miro el cielo y se percato que ya era de noche. “José mira, ya es de noche. El sol se fue, ya no podremos verlo dentro del túnel”, José levanto la mirada y dijo “Esperemos a que salga el sol entonces”, Ariel lo miro extrañado, fue inevitable su reacción con José “Estás loco, ya es de noche vamonos!”. “Si quieres tú te vas, yo me quedo acá esperando el sol” contesto José con algo de enfado en su voz. “Bueno, yo me voy, pero tu mamá vendrá a buscarte de una oreja para llevarte a la casa” le grito a lo lejos Ariel mientras caminaba alejándose del mar.

La luna se colocaba justo en la mitad del cielo de aquella noche tan fría, José se sentó al lado de los agujeros en la espera del sol.

Paso la noche con su lentitud incorregible, la mañana se hacia presente y Ariel se despertó para salir corriendo a la playa para ver el sol dentro del túnel. Mayúscula fue su sorpresa al ver a José sentado alado de los dos agujeros. “José ¿te quedaste toda la noche aquí?” le preguntaba Ariel a lo lejos. José no pronuncio palabra alguna, el más crudo silencio se apodero del alma de Ariel, el cual apresuro su paso para llegar rápido donde su amigo. “¿Estás bien José?” le pregunto Ariel a José con algo de miedo. “Ayer vi el sol dentro del túnel. Papá tenia razón”, Ariel no comprendía lo que decía José, “¿Cómo?”, pregunto extrañado Ariel. “Lo vi” contesto certeramente José sin despegar un ojo del horizonte del mar. Ariel, incrédulo no se atrevió a mirar por el túnel, solo atino a preguntar “¿Y que viste?”,Te lo diré cuando lo comprendas” pronuncio José mientras se levantaba de su sitio y emprendía el viaje a casa.
Ariel se quedo en silencio sentado en el lugar mirando como se marchaba su amigo, fue incapaz de mirar por el túnel. Aquel verano fue el último donde se vieron los dos niños.

Pasaron muchos veranos en Isla negra antes de que se encontraran nuevamente los dos niños, sin embargo Ariel iba todos los veranos a Isla negra en busca de su amigo.
Al finalizar el verano de cada año Ariel cavaba un agujero en la arena, cuando la playa estuviera desierta y solo lo acompañara la brisa acuarelable del mar. La irreductible incógnita que le había dejado su amigo de infancia todavía le machacaba la cabeza. “¿Qué quiso decir con que vio el sol por el túnel?” se preguntaba en voz alta Ariel al mismo tiempo que prendía un cigarrillo para descansar de su arduo trabajo en los agujeros. En ese momento se escucho una voz a lo lejos “¿Aun no lo averiguas Ariel?". La voz le pareció familiar pero no la pudo reconocer. Ariel se acomodo sus lentes para ver quien le había preguntado; solo vio a un sujeto de barba acercándose a él. “¿No me reconoces?, soy José, tu amigo de cuando éramos niños”. Una alegría extraña brotaba de la cara de Ariel, el cual aun incrédulo y sin habla solo pudo gesticular una pregunta “¿Eres tu José?”, “Si, soy yo” respondió la voz gruesa del sujeto. Ariel no lo podía creer, su amigo de niñez había vuelto de la misma forma de como se había ido, sin palabra alguna, sin un adiós de por medio, con unos años más encima. “José, amigo!” exclamo Ariel al mismo tiempo que se levantaba para abrazarlo luego de tanto tiempo sin verlo. “Veo que no haz cambiado mucho Ariel, sigues cavando agujeros en la arena” pronunciaba José con un tono algo irónico. “Si, tal ves todavía no veo el sol por el túnel” dijo Ariel mirándole a los ojos.
Un silencio extraño paso de por medio en la playa, la luna como siempre colgaba del cielo y la sensación del reencuentro era más calida que el frío nocturno en Isla Negra.
Ariel ¿Eres feliz?” le pregunto José mientras ambos se sentaba en la arena, justo alado de los agujeros. “No sé” respondió certeramente Ariel, agregando un fuerte suspiro a su escuálida respuesta. José lo miro y prendió un cigarro. nuestra may“¿Sabes?, cuando éramos niños fuimos felices, nuestra mayor ambición era cavar un túnel y lo logramos. Crecimos y nunca más nos volvimos a ver. Tuvieron que pasar 40 años para volvernos a encontrar, en el mismo lugar, con el mismo túnel, con un par de arrugas de más en la cara, sin embargo, te puedo decir que ahora veo el sol salir por el túnel”. Las palabras de José le llegaron a lo más hondo del corazón a Ariel, el cual no pudo decir ni una sola palabra. “Tienes razón José, pero yo sigo sin ver el sol por el túnel” respondió Ariel con la garganta apretada. “Mi querido amigo, cuando te fuiste aquel día y me dejaste solo esperando el sol comprendí más de lo que e podido comprender en esta vida. Descubrí que tu siempre viste el sol bajo el túnel, tu único impedimento para darte cuenta era el miedo a pensar que tu vida se acabaría al saberlo, que no valía la pena saber el final de la historia” replico José golpeándole el hombro a Ariel.
Una pequeña lagrima se asomo por la mejilla de Ariel, que solo atino a mirar fijamente a los ojos a José, “Tienes razón, ahora en la inmensidad de la noche puedo ver el sol bajo el túnel” dijo Ariel soltando un llanto furcido, enrarecido con los estiíllos de las olas en las rocas. “No llores mi amigo, ya que la gracia de cavar el túnel no era ver el sol, sino descubrir que éramos amigos, que siempre lo fuimos y que por sobre todo éramos felices” dijo José con un tono menos dramático. Ariel se secaba las mejillas con la manga de su abrigo, al mismo tiempo pregunto “¿Acaso podemos volver a ser niños?, esos niños felices que solo buscaban ver la luz bajo el túnel”. Un silencio incomodo demoraba la respuesta de José. “Claro, nunca dejamos de serlo” contesto José con una tímida y nostálgica sonrisa que se fundió con la mirada de ambos en dirección al mar.

martes, julio 17, 2007

Segundo de Silencio

Es extraño nuestro silencio
Ya que en nuestro segundo
No necesitamos armaduras
Para cubrirnos de palabras,
Ni de ropas
Para disfrazarnos de mentiras,
Ni de ciudades
Para contemplarnos el uno al otro.
Solo nos basta el silencio
Acumulado en nuestras retinas
Para saber que vivimos,
Para comprender de mejor manera
Las caricias color besos
Con fresco aroma a emociones.

Francamente
Me basta con el segundo de silencio
Que empleamos para abrazaros,
Para que me convierta en verso,
En hombre,
En la razón de tu sonrisa,
En tu pretexto multifacético
Para restarle al día
Todas sus horas y fechas
Y tan solo dejar
Un segundo de silencio
Para llenarlo de poemas
Que nunca nadie comprenderá.

Cierra los ojos al menos por un segundo
Y olvida la nicotina de tu risa,
Para que yo pueda anidar en tu pecho
Lleno de flores y sueños,
Esperar al invierno
Para compartir nuestro paseo
Con las gotas que caen
Alegando justicia.

Tal ves, todo nos suena incoloro,
Un poco disgregado en lo concreto
De nuestro segundo carente de fundamentos,
Pero da igual.
Da igual contar estrellas en el firmamento
Que deletrearlas en un charco de agua
Cuando la lluvia nos abandone
Y podamos volver a sembrar
Acuarelas rojinegras
En la amplitud de nuestros montes
Para que funcionen de acuerdo
A nuestro infinito segundo que te regalo
Solo parar quedarnos en silencio
Y esperar el derrumbe de la noche
Para amarte,
Sonreír,
Besarte,
Y volver a amarte
Solo para despertarnos cada mañana
Y darnos cuenta
Que nuestro segundo de silencio
Nunca terminó,
Que finalmente
Le ganamos a la rectitud de grises
Que nunca empaparon tu sonrisa
En aquel segundo de silencio.

sábado, junio 02, 2007

Preámbulo nocturno

* A Pabla, por ser ella misma siempre. Te amo.

Antes de que callara
El último respiro de luz
Intente mirarte,
Fotografiar con la memoria
Aquel te amo que te prometí
En las alturas inhóspitas
De mi almohada,
Cuando tu pupila disgregada
Dejaba de sostener
Nuestra larga jornada.

En ese momento
El silencio lo inundo todo,
El mundo detuvo su monotonía
Y yo despierto a tu lado,
Esmerándome en construir
El poema matutino
Para escribírtelo
Antes de que me despertaras
Besando mis resecos labios,
Antes de que mueran
Las estelas lucidas de tus caricias
Que por lo general
Me hacen maldecir primaveras,
Y partirme en acuarelas
Que decoren tu pecho.

Cuanto silencio encierra está noche,
Cuantas palabras te puedo dedicar,
Son tantas como los cigarrillos que me fumo
Antes de comenzar a escribirlas
Cómplice y enamorado
De tu piel,
Que acaricio torpemente
Intentando no despertarte.

Pasan las horas
Y tú duermes tan libre,
Tan linda,
Tan simple,
Como aquel día que nos fuimos
Pisando montañas,
Recolectando flores de papel
Para tu jardín de hermanos.

Pasan las horas
Y todo se vuelve menos caótico
Cuando tengo la certeza
Que te tengo a mi lado
Para besarte en secreto,
Para mirarte,
Simplemente para mirarte
Y robarme una sonrisa.

Que lejanas me resultan las horas,
Los días y noches,
Cuando solo te quedas estática
Mirando las nubes
Y restándole sus formas,
Sin cuestionarte demasiado
El hecho de la gravedad,
Porque tú si sabes,
Sabes que lo anormal
Finalmente es normal
Y termina siendo aburrido,
Sabes que los colores
No precisan de mezclas
Para pintar otros cielos,
Sabes que nuestras selvas
Sirven para algo más
Que salvar animales,
Sabes que no lo sabes todo
Y eso es lo mejor que tienes,
Esa cualidad armónica
Entre ser humano
Y ejercer vivir como tal,
Sabes tanto
Que prefieres volver a aprenderlo
Para volver asombrarte
De la misma manera
Que lo hiciste cuando te dije
Que podemos volar.

Te veo a mi lado
Y sin embargo te pienso,
Te nombro,
Te canto,
Te beso
Y te vuelvo a besar,
Tal vez
Porque algún día
La lluvia dejará de mojarnos
Y nos podremos empapar de verdades
Que alumbre tu risa rítmica
Que acelera mi corazón,
Que con astucia supiste enamorarme.

El sol ya comienza a aparecer por la ventana,
El sueño recae en mis manos,
El silencio se va,
El mundo vuelve a girar en su canción
Y tú te despiertas
Al mismo tiempo
Que coloco el punto final de tu poema
Para besarte y dormir a tu lado.

domingo, abril 29, 2007

Conversacion entre amigos

* Sé siempre libre, o tendremos que conversar nuevamente.

Esa tarde todo fue un poco menos caótico, tal vez influyo el viento fresco que bañaba a Santiago por esos días. Lo cierto es que invite a un viejo amigo a tomarnos unas cuantas cervezas y hablar un poco de todo, tal vez de nada.
Como era mi costumbre yo llegaba a la hora. Le pregunte la hora a un sujeto que estaba parado con cara de preocupación mientras miraba a la pared; me respondió que eran las 6 de la tarde en ese mismo instante veo a mi viejo amigo entrar por la puerta del Bar pidiendo disculpas, con su terno, su corbata, su bolso, con su peinado hacia alado que nunca le había visto, con su reloj costoso y su perfume a oficina. “Hola, puta disculpa me demore un poco” dijo mi amigo algo agitado, “No te preocupes, yo acabo de llegar” respondía mientras sacaba un cigarro de mi bolsillo. “Oye, no fumes tanto te puede hacer mal más adelante” me dijo mi amigo extrañado de que yo fumara, “No te preocupes, no pretendo vivir mucho” respondí con una sonrisa algo fingida.
Al sentarnos ordenamos 4 cervezas bien heladas, mi amigo se sentó arremangándose las mangas de su camisa blanca, yo solo lo miraba algo extrañado, mi amigo al percatarse de cómo lo miraba me dijo “Es que no quiero que se me ensucie, me costo mucha plata esta camisa”.
“¿Cómo te ha ido?”
me pregunto mi amigo con el vaso plástico de cerveza en la mano, “Bien, y ¿a ti?” respondí sin ningún interés. “Cansado poh huevon, los hijos, la pega, mi mujer, las deudas, todo empieza a cansar a esta edad” respondía mi amigo levantando las cejas con cada queja y dejando el vaso plástico semi vacío en la mesa. “¿Te tiene muy cagao’ la pega?" Le pregunte, "Si harto, me explotan mucho estos huevones pero es mejor ni reclamar o si no te echan cagando!” me respondía nuevamente, “Entonces renuncia poh huevon, pa’ que te quedai como los huevones en esa pega de mierda” le dije con algo de reparo, “No, ya no tengo tu edad pa’ empezar hacer huevas pendejas, aparte me pagan bien”. Un silencio extraño acudió a nuestra mesa cuando mi amigo le dio el punto final a su respuesta. Yo solo atine a sacar un cigarrillo. Mire hacia el lado y no había nadie más en el Bar, voltee mi mirada hacia la botella y vi que mi amigo ya estaba destapando la otra cerveza.
“¿Qué edad tienes ya?” le dije a mi amigo con total honestidad, “ Jaja, tengo 52 años, ¿Y tú?”, me respondía mi amigo con otra pregunta “Yo tengo 20 años, pero de mente aun debo conservar los 16”, un estallido de risa cautivo el salud de nuestros vasos que chocaron con fuerza esa tarde.
“Es extraño, aun no sé por qué estamos acá reunidos, ¿Nos Vamos a Emborrachar solamente y recordar cuando éramos jóvenes?” me dijo mi amigo con un tono burlesco, al mismo tiempo que miraba el vaso y se tocaba el bolsillo derecho de su pantalón como buscando más dinero. “No, en realidad quería hablar contigo algo más complejo. Te quería hablar sobre mi”; una extraña mirada me lanzo mi amigo, algo desconcertado con mi respuesta. Solo atino a servir dos vasos de cerveza, acercar su silla más a la mesa y decir “Bueno, te escucho”. Yo no despegue mis ojos de los suyos, tome el vaso de cerveza y bebí un par de sorbos mientras mi cigarro aun seguía ahumeando en mi mano. “Bueno te explico” le dije al mismo tiempo que dejaba el vaso de cerveza en el mesa.
“Yo soy un tipo libre, me gusta ser libre, tal vez por eso muchos me llaman loco o simplemente pendejo. Pienso y hago lo que pienso, y eso no es poco...”. Mi viejo amigo no comprendía a lo que iba mi conversación, solo me interrumpió para decirme “¿Me llamaste para decirme como eres?”, yo lo mire y le dije simplemente “Si”. No sé si mi amigo me abra entendido, pero se quedo extrañamente callado aferrado a su vaso de cerveza para seguir escuchando mi vida.
“Mira, ahora tengo 20 años, probablemente cuando sea más grande me preguntaré como fui cuando era un pendejo. Por lo mismo quiero decírtelo a ti para que nunca lo olvides”, el silencio lo torno todo más complicado de entender, en especial para mi amigo que ni siquiera pudo pestañar.
“...Como te decía, soy un tipo libre, me gustar ser así, no pensar demasiado las cosas que tengo que hacer, solo hacerlas. Me declaro un soñador y un enamorado, un tipo que siempre buscar volar para nunca quedarse al borde del camino, no me interesa salvarme. Me cago en dios, en los lujos, en los burgueses y en el futuro que me impongan los demás. No sigo modas, no respeto ni la ley de gravedad, vivo donde tenga que estar y respiro y mastico cielos donde sea yo más útil. Honestamente no quiero tener un auto, ni una casa, ni siquiera quiero casarme. Mi patria es América y no dejo de luchar por ella.
Tal vez es extraño para ti, pero me gusta viajar y leer, disfruto discutir con amigos de las cosas menos pensadas. Tengo más hermanos de lo que cualquier familia tiene, son tantos hermanos que se vuelve innecesario redactar un testamento.
Fumo y no me interesa vivir tanto en una oficina, escribo poemas porque no tengo cámara fotográfica para guardar los momento más lindos que me han tocado vivir. Soy sucio pero nunca hediondo, no me olvido de donde vengo ni tampoco para donde quiero ir. Amo a Javiera lo suficiente como para decir estoy vivo y loco, más loco que vivo y eso es lo importante, ese es el único método para volar. Nunca tengo apuro pero tampoco ando relajado, me doy el tiempo para hablar con la mirada y hasta para mirar y gritar puteadas a los despiadados.
Si, es raro para ti todo esto, pero así soy yo, un tipo que nunca baja el puño, un tipo libre y libertario, amante de su pueblo. No soporto injusticias, tal vez soy demasiado tierno para eso, sin embargo nos hace tanta falta asesinar un poco a la justicia. Solo soy así, libre, libre para los que piensas que aun me pueden encerrar en la cárcel o en la ciudad, en la sociedad que nos impongan. Soy libre porque sé que eso les calienta el culo, que un solo tipo en la tierra diga que es libre, que intenta ser feliz, que es tierno con todo. No pienso madurar, eso no es para mí. Me quedo con mi infancia, con mi adolescencia, es ahí donde me quedo estancado para seguir siendo joven, porque siendo joven y siendo revolucionario seré libre eternamente”.
Al terminar mi amigo no tenia palabras, solo podía respirar y pestañar. Pasaron 3 minutos antes de que mi amigo se despegara y tomara el vaso de cerveza al seco y me pidiera un cigarrillo. “¿Sabes?, creo que así era yo cuando tenia tu edad, pensaba en que era libre, en que siempre seria joven, ahora ¿Qué me queda?, nada, solo un sueño. Eso me queda, solo un sueño”, “Si, lo sé, por mismo te invite a conversar” le conteste a mi amigo con un tono de seguridad.
Las horas pasaron en silencio, a lo lejos sonaba una melodía poco conocida pero de gran valor sentimental para mi viejo amigo. Nuestra mesa estaba adornada con 8 envases más de cerveza vacíos y el mesero llegaba con 2 más; el cenicero no daba abasto.
“Ey, manda todo al carajo y ándate lejos. No lo pienses” le dije a mi amigo golpeando la mesa en la que estábamos, “¿Irme a donde?, ya no soy joven para eso” me contestaba mi amigo con algo de melancolía.
La cerveza ya pasaba la cuenta, los grados de alcohol en la sangre afectaba nuestro sistema nervioso, nuestras cabezas, nuestras emociones. Mi viejo y amargado amigo se largo en un llanto triste; lloro como nunca antes había llorado, no pudo aguantar más y estallo en un llanto terriblemente amargo, desconsolado, lloraba por todo o tal vez por nada. Yo solo lo miraba al mismo tiempo que tomaba el último sorbo grueso de cerveza.
“No sé como llegue a esto, a esta vida que no es vida, a esta vida que no es libre” susurraba mi amigo entre lagrimas y mocos furcidos. “Supongo que ya es tarde para cambiarla, ¿no?. Yo recuerdo que cuando era joven odiaba esta vida de mierda, yo apostaba por un cambio de todo y termine siendo este hijo de puta que soy ahora...”. “No, aun no es tarde hermano, nunca es tarde para ser joven y libre” respondí con toda calma mientras volvía a prender otro cigarrillo. “Bueno, me alegro a verte visto, cuídate” me despedí dejando a mi amigo solo, llorando en el rincón del Bar, un poco ebrio y con cigarrillo entre sus dedos.
El mesero del Bar llego donde mi viejo amigo, se acerco sutilmente y le dijo “Señor, vamos a cerrar, tiene que irse”, mi amigo le pregunto al mesero “Y mi amigo, el flaco con el que estaba, ¿Dónde está?”, el mesero lo miro consternado, apretó las cejas y le dijo “Señor usted llego solo y estuvo bebiendo solo toda la tarde”, mi amigo guardo silencio, se levanto como pudo, prendió un cigarrillo y dijo “En realidad, nunca es tarde para volver a ser joven y libre; nunca es tarde para volver a soñar”, el mesero lo miro extraño y le pregunto “¿Cómo dijo señor?", mi amigo con una sonrisa increíblemente feliz lo miro y le dijo casi a gritos “Que desde hoy me declaro un sujeto libre y sobre todo soñador, ya que hoy volví a conversar conmigo mismo y lo mejor todo es que me convenció”

miércoles, abril 25, 2007

Amor de primavera

* La tranquilidad no siempre es primavera.

Sentado en una banca de madera estaba José esperando a que Mariana llegara al punto de encuentro que habían acordado. Con sus ojos cansados por la espera, con su penúltimo cigarrillo en la boca, con un libro en la mano, con su interminable sonrisa amable, José miraba el reloj que había cerca de una tienda de ropa, marcaba las 5:37 de la tarde y Mariana llegaba un poco agitada y sudada, con su bolso oscuro colgando de su hombro. José al verla llegar se levanto y la saludo con un beso restándole total importancia a los 37 minutos de espera. “¿Vamos por un café?, tengo frío” le decía José a Mariana la cual solo dijo “Dale, vamos”.
Salieron caminando a paso lento; José guardaba su libro en la mochila y Mariana sacaba un pañuelo blanco para secarse el sudor de su frente.
Al entrar al café José pide lo de costumbre al mismo tiempo que se sentaba en su lugar de siempre, pegado en la ventana para fumar y darse cuenta como el día se iba oscureciendo a medida que la gente transitaba casi huyendo de la tormenta. Marina miro hacia la ventana del café y pronuncio en voz baja “Va a llover creo”, José despego por un segundo su mirada de la ventana y le dijo sutilmente “No sé, da igual”. Mariana lo miro seriamente, quiso decirle algo pero no se atrevió, las palabras no se articularon en su boca; Mariana solo calló con la mirada pegada en los ojos de José que solo atinaba a mirar la ventana con su mano derecha apoyada en su cabeza.
“¿Cómo has estado?” le pregunta José a Mariana con una mirada casi de funeral, “Bien, todo tranquilo”, José se extraño por la respuesta, apretó las cejas cuando la escucho decir eso; tomó un sorbo de café, prendió un cigarrillo y le dijo “¿Y que todo este tranquilo es sinónimo de estar bien?”, Mariana que revolvía su taza de café no supo responder, solo miró a José con cara de extrañeza. Las miradas de ambos se entrelazaban, tal vez ambos querían respuestas. “Y ¿Por qué no?, ¿Es necesario estar intranquilo para vivir?” dijo Mariana con un tono serio y cortante. “No, pero la tranquilidad tampoco es vivir, las rutinas de vidas en si son aburridas y finalmente no te dejan vivir”. José y Mariana se miraron fijamente, no pudieron pronunciar palabra alguna, Mariana solo pudo pensar “¿Cómo es posible que siempre que hablo con José me haga sentir como la mierda, como si mi vida fuera un real mierda?”.
El viento helado soplo en Santiago aquella tarde, curiosamente la gente aun transitaba por las calles. “¿Recuerda la primera vez que bailamos?” dijo José con una sonrisa sumida en lo oscuro de su taza de café. “Si, bailamos “Amor de primavera”, ¿no?”, José miro a Mariana con más calma, con mayor ternura, “Me alegra que lo recuerdes”, Mariana le sonrió simpáticamente diciendo “Es muy lindo ese tema, y el recuerdo que conlleva la canción también”. José escupió un poco de humo con sabor a nicotina de su boca y dijo “Si, es muy lindo. Probablemente sea la ultima canción que escuche antes de estar muerto”. Mariana que prendía un cigarrillo quedo perpleja, no comprendió lo que quiso decir con “estar muerto” pero tampoco quiso preguntárselo a José, tal vez por miedo a que se burlara de ella, o quizás porque de verdad José pensaba en la muerte. Prefirió quedarse callada a fumar y pensar en lo dicho por su amigo. De pronto José se levanta de la mesa, se acerca donde esta Mariana y le dice en voz al oído “¿Quieres bailar “Amor de primavera”?”, Marina lo miro extraña y le dijo “¿Estás loco?, ¿Cómo vamos a bailar?”. José sin medir las palabras de Mariana la tomo de su mano y comenzaron a bailar, extrañamente Mariana sonrió y se dejo llevar, José solo derramo una pequeña lagrima que murió en el calido hombro de Mariana.
Al terminar de bailar, José miro el reloj del café que estaba en la pared, marcaban las 7 de la tarde y una lluvia torrencial comenzó a caer en Santiago. José pego su mirada en la ventana dijo “Me debo ir, tengo que ir a buscar más primaveras y ya se me esta haciendo un poco tarde”, Mariana no dijo nada, no se cuestiono nada sobre las razones de su amigo para marcharse solo atino a darle un abrazo, un beso y una despedida, entre medio un honesto te quiero.
Mariana se quedo sentada esperando que la lluvia pasara o que el café se tornara un poco más dulce luego de aquel baile.
La lluvia paró y Mariana seguía pensando en la extraña conversación que tuvo con José, en lo extraño de todo. Algo le apretó angustiosamente el pecho, algo extraño no la dejaba casi ni respirar. Salio del café caminando a paso rápido, se coloco un gorro y su bufanda para cubrirse del frío, al mismo tiempo prendió un cigarro y busco una moneda. Entro en un negocio de los tantos que habían y llamo por teléfono a José, “Alo, hola buenas tardes ¿José, se encontrará?”, una voz de mujer tierna y dulce le respondió “¿Es una broma?, Mi José murió hace tantos años ya”, Mariana no podía creer lo que le acababan de decir, no podía creer lo que escuchaba, se acerco un poco más al auricular y dijo con la voz temblorosa “¿Murió?” “Si mi niña, Mi José murió hace unos 5 años” Respondía la voz de mujer. Mariana no comprendía lo que pasaba, sin embargo se armo de valor y pregunto “¿Cómo murió?”, la voz de la mujer por el otro lado del teléfono solo respondió “Nadie sabe como murió, pero cuando lo encontraron tenia en su mano un papel que decía “Nunca más confundas la tranquilidad con estar bien. Gracias por revivir un Amor de primavera”.